[Quién hubiera creído que se hallaba / sola en el aire, oculta, /tu mirada.]
Asunción de ti - Benedetti

¡Sueña Contenta!

Una hora con treinta y cinco minutos dura la libertad.


Ardientes luces bañan mi cuerpo, comienza el fin, si, mas qué sería de mí sin ese instante de plena armonía, casi-casi onírica – si es que en verdad no lo es-.

A-dios a la rutina, a las ceremonias, a la serenidad, sea la locura bienvenida, el compás interminable del cuerpo y la risa rompen las barreras de lo cotidiano, de aquella tranquilidad absorbente con mucha razón y nada de pasión.


¡Vamos!

Abre el corazón.

¡Vamos!

Acota el dominio sinsabor del pudor.

¡Vamos!

Ven a creer, a crear

¡Vamos!

Ven a soñar, conmigo y junto a mi.

¡Vamos!

Siente el oxígeno vibrando en tu cuerpo,

¡Vamos!

Siente como arde en ti

¡Vamos!

Abrázate del querer.

¡Vamos!

Confía

Te fe

Siente

Explora

Sueña

¡No!

Analisis

¡Si!

Errores

¡No!

Limites

¡Si!

Deseo

¡No!

Pensamientos inútiles cuando tu cuerpo se incendia en la emoción de Ser.

¡Si!

Ese yo hermoso y divino, tú embargada en risas y sueños, ese nosotros sin destino seguro, ¡juntos seremos justos combatientes en la hermosa empresa de crear pasión en corazones ajenos!


¡Sueña Contenta!



(...)

La noche onírica es mi verdadera noche; como en el insomnio, nada puedo hacer para impedir ese flujo que invade y somete, pero los sueños Sueños Son, sin que la conciencia pueda escogerlos, mientras que la parafernalia del insomnio juega turbiamente con las culpabilidades de la vigilia, las propone en una interminable ceremonia masoquista. Mi mandala separa las torpezas del insomnio del puro territorio que tiende sus puentes de contacto; y si lo llamo mandala es por eso, porque toda entrega a un mandala abre paso a una totalidad sin mediaciones, nos entrega a nosotros mismos, nos devuelve a lo que no alcanzamos a ser antes o después. Sé que los sueños pueden traerme el horror como la delicia, llevarme al descubrimiento o extraviarme en un laberinto sin término; pero también sé que soy lo que sueño y que sueño lo que soy. Despierto sólo me conozco a medias, y el insomnio juega turbiamente con ese conocimiento envuelto en ilusiones; mi mandala me ayuda a caer en mí mismo, a colgar la conciencia allí donde colgué mi ropa al acostarme.
Si hablo de eso es porque al despertar arrastro conmigo jirones de sueños pidiendo escritura, y porque desde siempre he sabido que esa escritura -poemas, cuentos, novelas- era la sola fijación que me ha sido dada para no disolverme en ése que bebe su café matinal y sale a la calle para empezar un nuevo día. Nada tengo en contra de mi vida diurna, pero no es por ella que escribo. Desde muy temprano pasé de la escritura a la vida, del sueño a la vigilia. La vida aprovisiona los sueños pero los sueños devuelven la moneda profunda de la vida. En todo caso así es como siempre busqué o acepté hacer frente a mi trabajo diurno de escritura, de fijación que es también reconstitución. Así ha ido naciendo todo esto.

Julio Cortázar - BACKROUND - Salvo el Crepúsculo

: o )

Entré por su oído, como acostado estaba su cuerpo tuve que escalar con firmeza. Apoyé cada piecito buscando el lugar más apropiado, el menos resbaladizo, no dando lugar a un posible tambaleo que hiciera imposible la gran proeza de entrar en él.


Ya dentro de tu orejita, un sol, un do, re, fa y un hermoso si7 me recibieron flotando a mi alrededor, un dom7 marcaba el ritmo de cada paso que daba sobre esa piel suavecita. No sabía si era yo quien lo creaba al pisar con mis zapatitos charolísticos o era su mente la que me entregaba la pausa del caminar constante, invitándome seguir su melodía. Queriendo saberlo apuré mis pacitos, empecé a mover mis manos, mi cabeza - !casi se cae mi gorrito¡ - danzado todito mi cuerpo después. Comenzaron a sonar acordes completos, solfeo de notas, un sol, un la, un re y un mim, suave y cosquilloso, armónicos, rítmicos. Exclamé mi felicidad al notar que en ese instante éramos una bandita perfecta, más aún cuando se sumo a muestra melodía el son de un saxofón imaginario que le entregó a nuestra creanción una hermosa sinfonía que mis caderas aprovecharon para saltar y gritar, cubiertas en nuestra felicidad.


Me despedí de tu caracola con mucha alegría, fuimos felices lo sabes, pero curioso, como siempre, quería descubrir todo de ti, me regalaste un mim, acorde de tristeza, al ver que me alejaba, te silbé y bailé un re7, ¡sabes que volveré!.


Tanto por indagar, por ver y reconocer que no sabía dónde ir, pensé en nuestro estómago, sabes que siempre me ha dado curiosidad. Tomaba impulso para saltar por tu garganta cuando un aroma a dulce de menta, frambuesas y crema sentí. Cerré mis ojitos blancos y salté, voy donde tú me quieras llevar y sé que es tu boca la que me llama.


Tu lengua me recibió amortiguando la caída de un brinco gigantesco y sirvió también de trampolín húmedo para un nuevo salto, aaaaaaaaalto, gigaaaaaaaaaaanteeeeeeeeee, tan grande que tus aromas se impregnaron en cada rinconcito de mi. Me sentí guinda, me bañé en mucha crema y me devoré enterito al sentir en mi piel tal deliciosa combinación.


Aterrice en tus dientes de caramelo, quise morderlos, lo reconozco, mas no podía dejarnos desdentados y quería muchísimo darles un bocado, pero feito nos veríamos si destrozara tus muelitas. Si, lo sé, la tentación era tanta que tú también la sentiste, hasta temblaste del susto pensando que nos sacaría pedacitos de boca, así que me bañaste en miel y expulsaste – siiii, ¡malvado! – pero tienes razón, no habría soportado más segundos sin mordisquear tus paletas, tus muelas, tu lengua y tus “P-A-P-I-L-A-S”.


Mi manita se aferró de esa pelotita gigante al final de tu boca. Nuevamente dónde ir no sabía - ¡para variar y orgulloso de eso! -, pero confiaba en que me enviarías una nueva señal que me anticipara el destino próximo. Una bofetada de conmoción y una pequeña presión cubrió mi pechito cuando sentí el grito de tu corazoncito, llamándome. Me conmovió tanto tu tristeza que hasta mi pelotariz rojita se frunció - ¿por qué? y más importante ¿cómo? -, me deslicé por tu garganta sabiendo que me harías llegar a tu corazón.


Me llevaste a/por un caudal roooooooooooooooooojo, fueeeeeeeeeeeeeeeerte, tanto como mi camisa y mi pelotariz. Miles, cientos, quintillones de miviejos fueron a saludarme, acariciaron mi carita blanca y jugaron con mis cañuelitas y me hicieron dulces cosquillas en la pancita - ¡y se comieron toda la miel que tenia! ¡tan dulzón como siempre! ¡robándome comida para variar! ¡malévolo miviejos feo/lindo! – y tan suaves, y tan alegres, y tan suyas, que casi olvido el lamento de tu corazón.


Miviejos me abrazaron con tanto calor, tanta fuerza que sabía querías que confiara en ti, y sabes que siempre lo haré. Me llevaron a ti, a la fuente de esa angustia inagotable.


Suavemente me sacaron del caudal por una ventanita sobre tu corazón, me senté y deslicé por su cubierta, al caer sentí mis zapatitos de charol todititos pegoteados de caramelo - ¿azucar quemada? ¿por qué azúcar? ¿por qué quemada? - con esfuerzo me di media vuelta, me tenía frente a mi.


Mi dedito tocó la piel de tu corazón, miles de capas delgadas pero resistentes y amargas, comenzaron a quebrajarse, trizarse mas no romperse. Comprendí inmediatamente lo que tenía que hacer, porqué me habías llevado a ti, porqué querías que sintiera todo lo que sentí, porqué me has hecho recordar, porqué la pelotariz, porqué quieres que sueñe en ti y en nosotros… todo se vio tan claro, tan evidente.


Con cuidado y esfuerzo, precaviendo no adherir mis zapatitos a esa masa pegajosa, tomé muuuuuuuuuucho impulso y salté. Mi corbatita, mi pelotariz, mis ojitos blancos, mi camisa, chaquetita… todo estrellóse de frentón contra esa feita cubierta. Nada ocurrió al principio – snif -. Pero al tercer saltito, el más potente de todos, cada pedacito de esas veintidós capas, hojas caparazónicas que me impedían tocarte en verdad cayeron estrepitosa, estruendosamente. Mis ojotes se abrieron gigantes al sentir la luz que emanaba mi corazón debajo de esa muralla de amargura. Bajíto comencé a sentir una melodía que con cada segundo crecía más y más, miré hacia un lado… ¡eran cientillones de miviejos cantando! ¡se llevaban todas las penas, todas esos pedacitos de ex-caparazón! Su canción limpió cada rinconcito de corazón, incluso el pegoteado piso, todo perfecto, puro se veía. El último de ellos, cargando un mili-mili-mili-milimétrico último pedacito de caparazón, me dio un besito precioso antes de partir.


Frente a frente, tú y yo, al fin. Tanto tiempo he gastado buscándote, tantas veces quise hacerte nacer, nunca creí que en verdad estuvieses allí, donde siempre debiste estar, cubierto en oscuridad, si, pero allí, latiendo, viviendo. Y me vi tan niño, sabores tan suaves te cubrían, luces tan claras te bañaban, agüita tan limpia te iluminada... No creía que fuese así, tanto daño hemos hecho que un poquito quemado te imaginaba, magnífico fue constatar la belleza de tu corazón, en desarrollo si, como siempre, como todos, pero dulce e infantil también.


Mi misión cumplida estaba, por ahora, ¡dimos el primer paso! Renacíamos juntos, yo en ti, tú permitiéndome entrar en mi, uno somos al fin. Te dibuje una sonrisa, una lengua afuera, una pelotariz arriba y al centro, dos equis sobre ella y a los lados, un gorrito de copas inclinado hacia la izquierda y coronado por una flor, y me fui. ¡Siiiiiiiiiiii!, lo sé, firmé mi obra por primera vez.


Pero no quiero salir aún, queda mucho todavía por hacer, ¿por qué no me dejas ver cómo veo el mundo ahora? Llamé a misviejos que me tomaron de la manita y me introdujeron nuevamente a ese caudal rojillo precioso, cantando como siempre y alegres como nunca. Y así, con una sublime alegría compartida me llevaron a tus ojotes.


¿Qué sucede fuera de mí?... es otra hermosísima historia.


¿¡Qué!?